Había una vez un soñador que llegó del norte a unas tierras que ya
le habían dejado buenos recuerdos años antes. Llegó con miedos. Pero los
miedos no le impidieron echarse a andar por el camino. De la mano una
mujer valiente, encaró y desafió a un grupo de personas que él también
se encargó de reclutar para mostrarles que una realidad distinta existía
y que estaba más a la mano de lo que creían. El soñador se encontró con
una niña hippie con quien se identificó de inmediato y empezaron las
conversaciones que pronto se volvieron interminables sin importar los
más de 800Km de distancia, los horarios laborales invertidos y el
contexto tan extraño del soñador. Pasaron días y semanas y al soñador le
tocó hacerse del rol de ángel y abogado de la versión del futuro no
solo de la niña hippie, si no de otras dos almas más. No fue fácil para
él soñador jugar a ser salvador y puente entre la niña hippie y su
visión con el enamoramiento metido entre los sueños. Un día sin más, la
niña hippie le presentó al soñador una banda madrileña de sonido extraño
y a la mitad del festival en el infinito parque, se entrelazaron más
que sus manos, los labios de ambos. Entonces los milagros ocurrieron:
pasaron días y a pesar de que ambos eran auténticos y la conexión fue
superlativa, como todo aquello que se hace al margen de la ley, terminó
en tragedia. Una despedida obligada por el proceso mismo, retiró al
soñador de su entonces niña hippie. Cuando a un soñador se le acaba el
sueño que está viviendo le pasa lo mismo que al que se le acaba el
tiempo para contestar un examen. Para el soñador de esta historia, las
consecuencias fueron desgarradoras al grado de no
aparecerse sino hasta bien entrada la hora de responder por las almas
que le habían sido encomendadas. Fiel a su estilo, el soñador respondió
con creces y de sobra. Le heredó a su niña hippie un título que él años
antes había conseguido. El problema de los soñadores es que aunque vayan
perdiendo por goleada no se dan por vencidos y a pesar de que saben que
ya no tienen oportunidad, juegan por el placer de dejar en su próxima
jugada la mejor pincelada que el mundo haya visto. El soñador hizo exactamente eso: se metió en un taxi con un rumbo que no
conocía pero que el destino lo sabía de memoria. No supo cómo, pero se
encontró a su niña hippie y quizá por última vez: la llevo a tomar café a
su lugar favorito donde el café fue lo de menos, pasar las últimas
horas en su ciudad adoptiva del país era lo importante, pero contemplar a
su niña hippie por última vez lo era más. La acompañó tanto como pudo,
la llevó hasta su casa, un lugar recóndito en un barrio nuevo y con ella terminó
de trapear el piso de su propia casa. El soñador en ese momento fue tan
feliz que decidió tatuarse ese momento en el alma junto con la primera
comida que compartieron en algún bar de la ciudad, donde la niña hippie
pidió una bohemia oscura para sentar el precedente de que era una niña
brava. La vida de los soñadores va de sueño en sueño, de tragedia en
tragedia, de experiencia en experiencia. A este soñador siempre le
costaron mucho los finales, por eso simplemente desaparecía sin decir
más. Pasaron los meses y a vuelta de año se hizo presente con algunas
flores, al año siguiente también, pero llegó el año en que se sintió y
se aceptó fuera de contexto y dejó de insistir sin olvidar a la niña
hippie, naturlamente. Hoy el tiempo ha puesto a los protagonistas de
esta historia en otro lado. ¿Volverán a verse? Quizá nunca lo sabremos.
¿Se habrán olvidado? Imposible, ambos comparten recuerdos. ¿Serán
felices? El soñador sí, al menos cuando recuerda a su niña hippie y
fantasea con ella atravesando el arcoíris en medio del espacio sideral montados
en la combí que ella conduce, por supuesto.
