23/04/2012
11:36
"Ya llegaron sus regalos a la casa."
Así me asaltas, con este mensaje y me pongo a pensar: "Lo que daría yo porque ese regalo fueses tu llegando a la casa que hace tantos lustros dejaste en pausa." Y no, no es un reclamo. Porque no fue un abandono, sencillamente (pero no simple) decidiste que lo mejor y más rentable en todos los sentidos era que tomaras un tren y te encaminaras en una ruta con destino de un lugar prometedor pero alejado, recóndito pero que, en el futuro, nos traería recompenzas, sobre todo materiales.
No lo niego, es fecha que sigo llorando con nostalgía la noche de tu partida. Esto sí no fue sencillo. Aceptar que por más que me encantase tenerte cerca, las condiciones demandaban la implementación de más recursos y, con el corazón hecho añicos, hice un trueque con la vida: entregue tu compañía por una vida más rentable y, muy lejos de querer inmolarme, sabíamos bien que había más vidas de por medio que el aparente y ridículo capricho de estar contigo. El bienestar de la decendencia en ese momento era la prioridad.
Me resulta necesario reiterarte que te extraño. Sin embargo, no estoy seguro de el remitente de estos obsequios siga siendo la persona que se fue.
Lo he intentado todo: según mi terapeuta esta parte se llama crecimiento y, en esta ocasión, nos toca hacerlo de manera individual, cada quien por su lado. No estoy seguro de estar avanzando.
Siempre admiré tu independencia, tu valor. Ahora siento que me duele que a ti no te duela, o al menos eso aparentas. Que estúpido me leo pretendiendo extorisionar a tu dolor para que sea igual al mío.
Ya no se si te extraño o solo odio el hecho de tenerte lejos.
