Siete cero cinco, Las gafas oscuras disimulan la apertura de mis ventanas. Aun no hay hambre, ni sed, solo unas pocas ganas de orinar, pero si hay una gran necesidad de hacer esto. El viaje pareciera eterno, el ambiente en el que nos movemos, acuoso y el temor de las once treinta crece. La única idea de donde estamos que me aluza es un letrero descarapelado que nos dice “Guadalajara” y una flecha indicando el sentido. Reconforta sentirme acompañado por Emma y hacerlo sentir a él también que no está solo. Solo somos El, Yo, Una Cobija y El Ipod. Como fantasma, te pierdes en estas líneas, aquí estas pero no te ves.
Trece cuarenta y dos. Llegamos, contraponiéndonos a lo que parecía interminable, los pies por fin sintieron tierra Nayarita entre los dedos. El lugar y el ambiente vienen a ser lo de menos, uno se siente lejos y libre. La Travesía estuvo llena de altibajos. Buen tiempo para dormir y extrañar la mente loca y el cuerpo flaco que me abraza y me cura y que con sus labios me da vida. Un horario que se hizo a distancia que pinta para ser un fenómeno, un hambre dominada y el deseo de conocer cosas nuevas, casi incontrolable. El tiempo se va pero las imágenes arregladas estéticamente y provocadas con toda la intención se inmortalizan, cosas mejores que hacer en un espacio como el actual es cerca de imposible mencionarlas.

Veintiuna cuarenta y dos. Después de rodar flaqueantemente, volvemos al asfalto. Sacamos los ojos para apreciar la popularidad del barrio. Rápido nos adaptamos sin más. Doña Elva vio nuestra carita de cansados y nos abrió las puertas de su confianza y su casa, nos compartió cuanto tenía, nos confió lo que era y tuvo compasión para asistirnos. Tenía que salir y nos acomodó entre las almohadas de la habitación. Demasiado cansancio para seguir despierto. La mañana nos rasguño con un sol inesperado, pareciera que llegamos tarde, pero el horario macabro hace sentir todo y nada a la vez. El día pinta para ser largo, será?