Esta noche pude haber salido a patear la pelota, pero los ataques de tos me asaltaron desde temprano y la bufanda no fue suficiente abrigo contra el viento y su macabro sonido así que decidí quedarme en casa. Me prepare unos mates y le dedique casi diez minutos completos al diario. De reojo en unos papeles viejos apilados divisé una fotografía, éramos tu y yo en nuestras vacaciones locales. No teníamos presupuesto económico ni emocional para aventuráramos por tierra hasta la costa del este y mejor nos dirigimos al mítico balneario, el de los toboganes colosales y las alarmas sinuosas. Sonreír fue la única reacción disponible.
Me paré a colocarle más agua caliente al mate y ver correr a los niños desde la ventana me devolvió a más de quince años atrás y me encontré contigo, bajo la cortina amarilla que nos hacia invisibles. Ahí estaba tu delicada piel, tu coleta y tu huaraches. No sabíamos, ni nos interesaba saber que pasaba en el mundo adulto, pero, como todos los chicos, jugábamos a ser grandes y, en ocasiones más terribles, a ser alumnos de primaria ¡Como si no fueran suficientes los cinco días que teníamos que esperar! Sin contarle la mañana caprichosa del sábado para iniciar nuestros cretinos e irracionales pasatiempos.
Ahí estabas tu con tu cabello largo a la cintura, yo con mi ridícula apariencia de calcetines espantosamente alargados y camisas de colores cegadores pero ambos con la sobredosis de atracción e inexperiencia que cabía en nuestros prematuros 8 otoños. Fue entonces que inauguraste la memoria de mis manos con tus piernas de durazno. Eran mis huellas digitales quienes por primera vez caminaban sobre la epidermis de tus muslos para que viniera el milagro: tus labios temblorosos se encontraron con la decisión de los míos. Así vinieron y se fueron algunos veranos.
Entrada la pubertad, creí que el juego de niños fallecería así, no más. Tu ternura me abofeteó con el beso más dulce de toda la secundaria. Era una noche con viento de abril, casi tan airosa como ésta, pero sin el polvo Y la tierra con melancolía y nostalgia que hoy me incomoda la nariz y me ensucia el mate. Ahí estabas. En el suelo junto a mi, con tu blusa blanca y tu rostro sin maquillaje (que era tu principal atracción), tus cortos y tus mejillas que no habían cambiado mucho. Tus labios ahora cazaron los míos resecos e inició el viaje cósmico al momento de clausurar nuestra visión por el momento que duró el roce. Entonces no había malicia entre tu y yo y en Méjico el gobierno cambiaba, en Europa el Madrid era un monstruo y en Argentina creían en el esposo de la futura presidenta.
Continuamos la educación y nos encontramos en la misma escuela sin saberlo... Primero me ganché de tu mejor amiga mientras me botaba con una sencillez nada tierna. Incursioné por primera vez en lenguajes más bien nórdicos y escuchando a los cuatro del puerto del oeste nos encontré en "este chico". Para entonces tus faldas eran más esporádicas y esa obligación de vestirse como en antaño empezaba a extinguirse. Después, me recuperaste de la mala suerte que me acecha hace años y entre horas libradas, unidades rescatadas y papelitos amarillos nos fuimos empujando hasta la tardes de mayo donde entre beso y beso te ayudaba a librar el repechaje con la química que finalmente resolviste con mas suerte que conciencia.
Ya entrado el profesionalismo, parecía que ambos doblegábamos el entusiasmo de la rebeldía y elegíamos la vereda más sensata y tranquila. Pero tu voz, que sabe reponerse con coraje, te llevo a otro lado, justamente a donde yo quería ir desde el principio (y es por eso que me hice cómplice de tu huida). No dejamos que las tardes se fueran sin abrazos ni sueños de empezar todo de nuevo y hacer el mundo a nuestro modo, de que llegaras por las noches y me encontraras con tu cena lista y viendo de reojo la tevé con uno de Vallejo en la mano, cruzar las miradas y sonreírnos como cuando siete u ocho y poder concluir que nosotros podríamos darle cátedra de amor a la humanidad, pero bien sabemos que lo que soñamos cuando niños, a la larga, tiende a desaparecer.
Ahora ya la vida nos puso en otro lado, pero por curiosidad no le dejo de hacer muecas al destino, para ver si me concede la suerte de que vuelvas a tropezar conmigo, como siempre.


