Sí, a los dirigentes de este club no les importamos nada. Desde que llegaron los del centro, han querido imponer sus formas tibias y únicamente lucrativas en este entorno. No solo porque haya dinero aquí se lo tienen que llevar. Al regio le gusta poner su dinero en la mesa por algo que vale y, francamente, en los últimos años muy poco hemos visto que valga la inversión. Aquel campeonato del 23 fue más por inercia que conservaba el equipo que por lo que venía haciendo la dirigencia, que fuera de ponerle el pie al equipo, no hizo mucho más.
Pero volvamos a lo que nos ocupa: diez fechas después volvimos a ganar. 1-0. De Penal. Contra el Puebla. Se lee tan triste como lo es. Y tan arrastrado como también fue. Personalmente, los partidos a las 21 en sábado ya rayan en el sacrilegio. Estamos impuestos a reservar las 19 del sábado para atender las responsabilidades con el club. Las 17 todavía son aceptables en sábado. Las 21 ya suenan ofensivas. Cualquier horario en viernes es inaceptable. Tan mal estamos que me cansé de hacer llamadas promoviendo entradas extras, pero nadie podía. Nadie quería. Me sentí responsable y a la vez incomprendido. ¿Qué demonios está pasando?
Personalmente, el sábado en la mañana había empezado fuerte pero divertido. Para el mediodía, el maratónico torneo consumía tiempo paulatinamente y un hijo enfermo asintomático y sin llevar adecuadamente el conteo de puntos creaba un bucle de tiempo tan elástico que no sabía bien qué estaba pasando. El desenlace de un 3er lugar se acepta con honor cuando es el primer torneo en un deporte que tiene un par de meses practicando de manera más o menos formal.
Luego de dejarlo en casa, venía el desafío de tiempo vs distancia. Cruzar la sucia ciudad para pasar por la heredera, regresar a casa para una ducha y el cambio de camiseta. Olvida la ducha, te duchas cuando regreses. Ahora, pasa por el jefe que al teléfono no se escuchaba del mejor humor. Llegamos para escuchar una verborragia de incomodidades y amenazas. Prefería dejarlo salir así como entraba cada comentario. Driblando el tráfico, llegamos. Nos estacionamos medianamente cerca de la salida para peregrinar a la inusual fila de la puerta. Empezaba la llovizna. De esas incómodas pero tolerables y que duró hasta el minuto 25, pero suficiente como para mantenerme volteando hacia atrás preguntándome si seguía ahí. Si no se había ido como había amenazado con hacerlo. MJ pregunta si va a venir. Le llamo un par de veces; no contesta. Pasan minutos que se sienten tan espesos. MJ pregunta si le volveré a llamar. Los nervios brotan cuando de mi memoria aparece el recuerdo de hace 15 o 20 años donde de la nada desaparece varios días. Me empiezo a poner más nervioso. Julieta pide comida; la excusa perfecta para ir al pasillo a ver si lo veía. Subimos los escalones y llegando al pasillo, ahí lo vemos venir del túnel. Que venía del baño y no había escuchado el teléfono y vendría a sentarse más tarde. Respiro y ya con tranquilidad, conseguimos la comida y vamos por la compra de cada día de partido: un powerade azul y un par de aguas. Lo sorprendo con una para él, nunca nadie rechaza un vaso de agua. Se queda en el pasillo pero justo antes de terminar el primer tiempo decide reclamar su asiento.
Las cosas están cambiando tanto que ahora nadie quiere auspiciar el entretenimiento del medio tiempo. Son días difíciles. Pero sigo ahí sentado como si no tuviera nada mejor que hacer, como dormir bien, descansar un poco o continuar escribiendo, pero ahí sigo. Esperando algo de redención a través de algo que no me debe nada pero es mi expresión cultural más genuina. Porque en el escenario del fútbol (y quizás de cualquier deporte) se exponen todos los ángulos de la cultura local: lo que se come, lo que se bebe, lo que se viste, cómo se habla, lo que se escucha, lo que se canta, los ecos de otros eventos que aún habitan en los rincones del inmueble que de cuando en cuando reclaman su recuerdo.
El partido en general fue muy malo: extremos sin idea de cómo gambetear, centrales matando la bola de pecho dejándola al delantero rival que es tan malo que también falla en el momento de tirar al arco. el partido fue tan malo que pudo haber sido un espantoso y despreciable 0-0 a no ser por el VAR, que me había quitado mucho más de lo que me dio hasta ahora: un penal revisado por una mano en un córner. Penal a patearse en el arco norte. En el mismo arco donde el Gordo hizo su último gol en clásicos para ganarlo hace algunos meses. Vino Brunetta a cambiar por gol el penal y más que de celebración, fue un grito de alivio. El choque de palmas fue frío pero estuvo, lo que cuenta más que la forma. Arrastramos lo que quedaba de nosotros hasta el final, donde no sabíamos quién era más malo de los dos equipos.
A la salida caminamos. El viejo quiso ir por su lado. En la caminata al carro, me preguntaba qué atravesaba por su cabeza mientras sorteaba los juegos de palabras con MJ quien empezó a roncar apenas se instaló en el asiento de atrás. En el camino de regreso escuchamos el postpartido donde se habló de todo, con la polémica barata típica de la estación. Poco hablamos. Incluso, no llegamos por tacos, ya era noche. Lo dejé en su casa. Yo me quedé preocupado esperando que el infierno que percibo arde en su cabeza, se enfríe a "la máxima brevedad posible".



