Cada vez que el software me recuerda que mi usuario no tiene autorizado realizar tal o cual movimiento en el mismo ya prefiero usar de analgésico una melodía rítmica y cadenciosa en lugar de la rabieta a la cual estaba acostumbrado. Siempre estorba un desplante y nunca está de más un sorbo de alegría empañada. Nadie nunca olvida cómo se sintió.
Somos transitorios, lo mejor es ir aceptando que no voy y no iré en un lugar al cual no pertenezco. Lo saludable es estar tranquilo ya sin aspavientos pero consciente de lo que está sucediendo. Como quien conoce la fecha de ejecución de su sentencia y ya ni busca gambetear el inevitable desenlance. La certeza del futuro sin filtros.
Decidí clausurar esa ventana que solía mirar de reojo como coqueteando cada vez con una discreta pero intensa amenaza de cambio, de reversión de la situación. Ya, eso ha quedado atrás y en cada oportunidad se ve más pequeña, al paso que me voy alejando. Sería ingenuo pensar en una revirada, un volantazo que enderece el barco y nos ponga en ruta pero es que ya tomamos caminos distintos con destinos parecidos pero en puertos muy distantes.
Tienen razón. En todo lo que piensen acerca de mi, tienen razón. Siempre la han tenido. ¿Quién soy yo para desmentir tus conclusiones de una vida de acecharme de lejos, de cerca y de distancia media? Es decir, ser el juez con credenciales únicas e improtestables te mantienen en un peldaño cercano a la deidad y contra eso es imposible discutir.
Buen Viaje Mr. Sir.

