Nunca pensé que algo así pudiera suceder. Es decir, me siento a gusto, conviviendo con el jefe. Hay un montón de cosas que no le entiendo y ya no quiero perderme en mis pensamientos al quererlas explicar, pero de todas formas me siento bastante bien siendo su secuaz. Tenemos en común muchas más cosas de las que pensaba a pesar de los colores distintos, usamos otras latitudes para empatarnos.
Hoy es martes y el abuelo nos ha invitado a almorzar. No sería la primera vez que lo visite para estos fines, sin embargo, no tenía presupuestado este comité ni en mis sueños más remotos: el abuelo (papá de mi mamá), papá y mamá. Aún no me lo creo, pero tampoco voy a malgastar el tiempo asimilándolo, así que esto es lo más cercano que he experimentado en 12 años a vivir un sueño, hacer realidad un sueño.
Llegamos al sitio poco antes de la hora pactada. Siempre supe que papá tiene cierta apatía por el centro de la ciudad, pero lo veo tranquilo y hasta emocionado por ver a mi abuelo. Le compró una espantosa camiseta alusiva al equipo de fútbol que siguen en común. A mí me parece horrible, pero tengo que aguantármela porque quedaron campeones y porque soy el más chico del séquito. Papá procurando a alguien que no es su papá, pero sí es mi abuelo. No es queja, solo que si me sorprende.
Papá se adelanta caminando, como buscando algo. Ahora me consta que es cierto eso de que solo se está quieto cuando está dormido. Cuando intenta sentarse a ver TV conmigo, lo derrota el sueño. Es tan endeble. Ahora que el abuelo está listo, caminamos todos hacia el mercado. Yo vine hace poco más de seis meses, ese es mi cálculo mientras escucho a papá presumir su regreso tras no sé cuantos años, más de diez creo.
Mi abuelo suele ser muy espléndido, sobre todo conmigo. Pareciera no tener fondo la bolsa que carga con obsequios. Esto para mí, esto para mamá, esto para mí, esto para papá, esto para mí de nuevo. Los regalos son más bien sencillos, pero son muchos e incluyen un poco de todo: llaveros, billeteras, colguijes, frituras. Las chucherías son tantas que tendré para estar entretenido bastante tiempo.
De la comida no hay queja, es una comida tan casera como comer en casa de la abuela. Lo que sí es infernal es el calor. Papá come a prisa, fiel a su estilo, lo veo sudar a chorros y me contagia el calor. Mamá y el abuelo charlan de cosas que entiendo parcialmente: algunos nombres me resultan familiares, otros no tanto y aumenta mi conocimiento sobre mis tíos de la única forma que los he conocido, por oídas.
El abuelo es un tipo campechano, todos en el sitio lo conocen, no hay quien no lo salude. Papá dice que ser así es una gran virtud de los vendedores, a mí me cae bien a pesar de lo que mi tía y mi abuela dicen de él. Cualquiera tiene un desliz como el que tuvo el abuelo, aunque el de él fue muy grande y grotesco. Siento algo de pena de que aún lo quieran crucificar.
Terminamos de comer y a un señor que pasa se le cae un billete. No tardo en pararme a decirle que se le ha caído. El abuelo paga y nos encaminamos a las escaleras que nos lleven a la salida. Al salir, en la puerta del oxxo hay alguien que parece mujer, de lo cual no estoy seguro de que lo sea por completo. El abuelo lo confirma con un chiste que le cuenta a mamá.
Caminamos hasta llegar de nuevo al lugar donde trabaja el abuelo y nos despedimos. Papá le da un abrazo de hombres (esos de 3 palmadas en la espalda). La única certeza que tengo es que hasta ahora es esta la última vez que veo al abuelo.