Los momentos contigo más que una zona segura y un tiempo para parar, son una especie de aliciente, algo así como una inyección que empodera el espíritu y robustece la autoconfianza.
Un sábado a tu lado empieza con unos sagrados tacos con salsa de la más salvaje. Continua con una inquietud por prender el carbón, colgar los trapos y destapar la primera cerveza. No importa lo que vaya a la parrilla, importa prepararnos para salir volando a la cancha con la bandera por la ventana y la inquietud del niño que sale a jugar cada sábado que nos toca ser locales, con el ansia hambrienta por ocupar su lugar en la tribuna y la certeza de tenerte al lado cumpliendo las promesas que nos hicimos cuando teníamos quince y aspirábamos a ser lo que hoy somos.
La vida a tu lado no ha sido precisamente más sencilla. He sido yo el que se ha armado con las bondades que me has donado: fuerza, paciencia, cuidado, diversión. He querido retribuirte con lo que tengo y con lo que sé (o creo saber) para avanzar. Porque de eso se trata todo el asunto, de ir hacia adelante. Hasta para el peor de todos hay un siguiente tiempo, un próximo desafío y es el único lugar al que podemos ir, adelante.
No se trata de la velocidad, se trata de la acción: avanzar. Como ejercicio constante, a manera de perseverancia para ir descubriendo lo que ya sabíamos pero teníamos olvidado. Gracias, muchas gracias por esta complicidad, esta mancuerna voluntaria y vicevérsica que hemos construido. Nunca está demás recordarle el afecto y el amor a los seres queridos, sobre todo me resulta necesario expresárselo al que más quiero, por que te quiero (igual).
Al pie de esta letra, dejo mi compromiso por seguir viendo la vida de frente a tu lado, continuar (des)aprendiendo y construyendo el futuro que hacemos con nuestras manos. Meternos al ruedo a pesar del miedo a dejarnos la piel contra lo que sea que venga, porque para bravo el asunto más bravo quien lo resuelva.
Con amor, pasión, responsabilidad, libertad y gratitud.
