jueves, 27 de octubre de 2022

LCDA

 A los poetas no los necesita nadie. En un apocalipsis o en un naufragio nadie va a preguntar con fines salvadores: "¿Cuántos de los presentes son poetas?". Si lo hacen, es para asegurarse de dejarlos al final. 


Nadie va a la escuela a estudiar para ser poeta. No existe currículo todavía que precise con detalle lo que hay que aprender para ser poeta, para decir con hermosa tristeza (o quizás alegría) lo que muchos no se atreven, siquiera, a sentir. 


Los poetas son estos seres, fugados del paraíso (quizás del infierno) de los cuales nadie notó su ausencia y un día, así no más, aparecieron por la Tierra explicando a humanos sordos la belleza de detenerse a observar lo vivido. No. Los poetas no tuvieron voz audible para las masas, por eso fueron a la tinta y al papel (o al ordenador, según sea el caso) a escribir, casi como un castigo, lo que se aprecia con este lente sensible que todos tenemos disponible, pero pocos tenemos el valor de  utilizar, porque con este filtro todo se percibe. Ninguna tristeza, ninguna alegría queda exenta del examen, de la caricia, del análisis del poeta. El poeta existe para inmolarse, en su permanente muerte sentimental, por todos aquellos que se reservan el derecho a sentir, a sentir de verdad, a sentir sin pausas y hasta el fondo.


A los poetas nadie los necesita. Solo existen para embriagarnos de vez en cuando con su desproporcionada nostalgia que nos incita a ir a esa parte sensible, a ese purgatorio interno que todos llevamos y procuramos no voltear a ver porque nos despierta este deseo de saber a qué sabe el sentimiento total, la emoción profunda, la experiencia real de ser humano, con todo lo que implica.


Dicen que para ser poeta, es necesario sufrir. Personalmente, me parece que también es necesario gozar. Los poetas solo proponemos una visión de la vida cotidiana menos aburrida, más sensorial, menos regular, más extraordinaria. Le inyectamos suficiente magia a través de las letras para convertir lo efímero en eternidad.







lunes, 3 de octubre de 2022

Steel Heart

Al final me encontré, me descubrí y me acepté como mi mejor activo. Soy lo más valioso que tengo y el único que podrá driblar a cuanta amenaza siga surgiendo en el camino.

Me acepto como soy, con las superlativas virtudes, las innegables alegrías, las desesperantes tristezas y las esporádicas amarguras. Me sé como soy y no me cambio por nada, ni en lo más mínimo. Me gusto, me quiero, me amo. Con los yerros imprevistos y los audaces aciertos. Con los catacúmbicos silencios y los desparvados gritos.

Y este que soy no te lo presumo así no más. Tampoco te lo ofrezco ni te lo oferto en remate. Más bien te lo propongo como la mejor opción para el irremediable exitoso futuro con el que te vas a encontrar si me eliges. Si no me eliges, tu te lo pierdes.

Ya me imagine contigo los 39 posibles futuros: mi favorito es en el que me despiertas con un puñado de besos en la cara susurrándome al oído: “Chocolatín, ya es tiempo de seguir de pie”. Aquí entre mis brazos tendrás la permanente reservación a la suite que los ángeles se codician, la que nadie ocupa y todos se pelean. Mi medio hígado te pertenece. Igual que mi ojo menos miope y el pie más enderezado. Tengo tanto que eficientar en tu vida que tu desidia y tu pereza nos estorba. A ver si vas operando esas caderas con mayor vigor porque nadie sabe cuánto tiempo le queda. Estoy firmando justo ahora una cofradía con tu inconsciente futuro y no es que estemos decidiendo por ti, es que tu alma grita por gloria desde el deseo subconsciente que tu terrenal y mundana existencia se empeña por sabotearse. Pero, vamos flaca! Estás para ganar.