A los poetas no los necesita nadie. En un apocalipsis o en un naufragio nadie va a preguntar con fines salvadores: "¿Cuántos de los presentes son poetas?". Si lo hacen, es para asegurarse de dejarlos al final.
Nadie va a la escuela a estudiar para ser poeta. No existe currículo todavía que precise con detalle lo que hay que aprender para ser poeta, para decir con hermosa tristeza (o quizás alegría) lo que muchos no se atreven, siquiera, a sentir.
Los poetas son estos seres, fugados del paraíso (quizás del infierno) de los cuales nadie notó su ausencia y un día, así no más, aparecieron por la Tierra explicando a humanos sordos la belleza de detenerse a observar lo vivido. No. Los poetas no tuvieron voz audible para las masas, por eso fueron a la tinta y al papel (o al ordenador, según sea el caso) a escribir, casi como un castigo, lo que se aprecia con este lente sensible que todos tenemos disponible, pero pocos tenemos el valor de utilizar, porque con este filtro todo se percibe. Ninguna tristeza, ninguna alegría queda exenta del examen, de la caricia, del análisis del poeta. El poeta existe para inmolarse, en su permanente muerte sentimental, por todos aquellos que se reservan el derecho a sentir, a sentir de verdad, a sentir sin pausas y hasta el fondo.
A los poetas nadie los necesita. Solo existen para embriagarnos de vez en cuando con su desproporcionada nostalgia que nos incita a ir a esa parte sensible, a ese purgatorio interno que todos llevamos y procuramos no voltear a ver porque nos despierta este deseo de saber a qué sabe el sentimiento total, la emoción profunda, la experiencia real de ser humano, con todo lo que implica.
Dicen que para ser poeta, es necesario sufrir. Personalmente, me parece que también es necesario gozar. Los poetas solo proponemos una visión de la vida cotidiana menos aburrida, más sensorial, menos regular, más extraordinaria. Le inyectamos suficiente magia a través de las letras para convertir lo efímero en eternidad.

