La lealtad a una camiseta no es algo que se elija conscientemente aunque todos juren lo contrario. Un hincha no se forma con derrotas, ni siquiera con victorias, tiene mucho más que ver con la resonancia que tienen los resultados en la vida de cada uno. El matcheo que se hace a la hora de estar presente en el presente y anclar el resultado del partido a lo que sucedía en esos días: el equipo ganó el mismo día que reprobaste el examen y eso hizo amortiguar la amargura.
Algunos equipos parecieran una avalancha de descalabros. Una seguidilla de infumables fracasos que los mantienen en la abismal intrascendencia. Creo que es eso lo más aspero. No ser tan malo como para descender ni tan bueno para destacar. Como atropellar al deseo de gloria desbordado en el desierto. La condena en este purgatorio es lo insípido de su existencia.
Por otro lado, endosar la vida a un club "siempre ganador" no me parece tan sencillo en el fondo. Como todo, tiene altas y bajas. Ningún éxito es eterno. Pareciera que los reflectores son los que importan. Y claro, el destacado tienede a ser el que más lucra. El Real Madrid siempre poderoso con el contendiende que le haga escolta que mandatoriamente, no es siempre el FC Barcelona. Los equipos que emergen por la inyección de capital árabe y demás experimentos ex-futbolistas arriesgados a hacerse propietarios de clubes.
Nuevamente, las razones por las que uno se adhiere a ciertos colores, especialmente en el fútbol, tiene mucho más que ver con el entorno, porque el club tiene relevancia suficiente dentro del contexto dentro del que se desarrolla cada persona que termina por bajar la guardia y dejarse elegir por el club. Difícil es resistirse al veneno de la pasión que transpira la pelota. Nos vuelve locos a todos y sensibles a su desarrollo. Tiene una trascendencia más social que deportiva. Los resultados suelen importar pero no tanto como las consecuencias que deja un fin de semana de cancha. Me refiero a los encuentros que se dan con el pretexto del partido del sábado a la tarde. Suele ser un punto de encuentro donde las relaciones se rescatan, o quizás el único pegamento que mantiene parcialmente unidos a un hijo con su padre. Quizás el equipo perdió, pero como familia ganamos al estar sentados nuevamente en la tribuna por al menos, una última vez.






