El caso de Diego Forlán me resulta intrigante. La mancha roja que ensucia su historial no hace mella en la admiración que le profeso. Fue distinto como cualquiera y único como solo él mismo podría ser.
¿A quién no le llama la atención un delantero con el 5?
Calzada la 10 de la celeste era el mismo o inclusive más bravo que jugando para el club en turno. La cinta de capitán lo orilló a reventar la pelota al sur de África ahora hace 13 años pateando a su selección hasta el tercer lugar de la competencia. Siempre me pareció un titán y aunque personalmente nunca estuve convencido de que el capitán fuera delantero, Forlán fue la excepción a la regla. Líder de verdad.
De este Diego jamás hice una investigación como suelo hacerlo con casi todo lo que me interesa. Lo que sé es por lo que vi y tampoco es que haya visto mucho, solo vi lo necesario para quedar impresionado. Más allá de que Román tuvo esta coincidencia de abastecer de pelotas para hacer lucir a delanteros rubios en camisetas amarillas con azul, a Forlán lo puedo ver aparte.
No estoy seguro de que la vida le tire flores aleatoriamente, pero aquí dejo esta que le estoy firmando a otro futbolista de Uruguay que me hizo entender las cosas de manera seca y dura, a alzar el equipo por encima de todo y haciendo ver que la única forma de mejorar al equipo es mejorarse a uno mismo.
El agradecimiento es obvio pero nunca sobra resaltarlo.


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